autoconocimiento. La culpa tardía

Yo era un niño. Era diminuto, no sabía. Mi vida, mi vida preciosa. Tu que eres lo único que tengo, lamento tanto no haber estado para ti. Si si, lloro de una culpa que he cargado durante muchos años, y años enteros me la he pasado huyendo, corriendo, engañado en mi propia trampa, con mis virtudes hechas cuchillos, dejándome apartar de la vida, y no para abrazarte, tu, mi vida, que eres yo, lo único que debo cuidar, al único que debo amar sin condición o agenda. Déjame pedirte disculpas, y entiende, al menos, que el que más a sufrido por mi propia negligencia he sido yo (tu). Éramos niños, éramos tan pequeños, no sabíamos, no entendíamos, solo padecer, solo sufrir. Entiende por favor que no fue tu culpa, tampoco fue la mía, hicimos lo mejor que pudimos, de hecho, lo hicimos tan bien como nos lo pidieron: silencioso, viril, invisible. Tu eres un genio, mi vida, eres brillante, y es cierto que nuestra inteligencia nos ha valido todo: gloria, si, pero igual las trampas más elaboradas, los engaños más sabidos. Cumplimos mi vida, cumplimos, y ya no hay porqué avergonzarnos; hicimos lo que sabíamos, lo único que conocíamos, lo que nos pedían. Sobrevivimos, renunciamos al duelo, evadimos al dolor, evitamos el sufrimiento; todo para mantenernos productivos, alegres, amables, para no parar de responder. Ay mi vida, no supe abrazarme cuando más me dolía, y es verdad que con los años se me fue olvidando aún más. Y el dolor, el dolor es algo que no puedo admitir, porque es un recordatorio punzante de lo que está pendiente, de ti, mi vida, mi niño, de todo lo que me ha faltado, de todo lo que no he dejado ser, de las lágrimas cautivas. Y he luchado tanto, tanto, tanto. todo lo he gastado con tal de que este llanto no irrumpiera, con tal de no tener que escucharte, mi vida, ahogado y mudo, en la oscuridad más negra, y los rincones más estrechos. y no he querido, no he querido, no he querido ningún momento estar solo, porque la soledad es mi tormento, es la puerta que no he querido abrir, es el niño abandonado que no quiero mirar, y verlo a los ojos, y saberlo asustado, y notarlo frío, y en pena, y ver su rostro de pecas, de ojos chinos, de mejillas tiernas, de hoyuelos tímidos, y reconocerme y confesarme culpable. El espejo. Ay mi vida, mi vida, no eres ninguna bestia que me acecha, ni un asesino que me persigue, si caso eres yo, de niño, pequeño, de bracitos, de manitos, que nunca ha parado de estar a mi lado, jalándome el pantalón, con sus dedos diminutos, porque sabe, el sí sabe, que el único abrazo que lo podrá consolar, es mío. Ay mi vida, me dueles tanto, y tantos años no he querido verte, no he querido verme, y me confiado, me he consagrado a todos los escapes, al veneno mismo. años. años. años sin tin, mi único niño. Volver. Volver. Volver no es caminar al cuarto oscuro, no es desnudarme en la noche, no es apagar las velas. Volver es dar la vuelta, es mirar atrás, es dejar de correr y retroceder en mis propios pasos, a cuando era pequeño, a cuando me he necesitado. Mi niño, mi niño hermoso, adorado, perdóname, perdóname, por haberte hecho mi propio fantasma, por darte la espalda, por huir de ti. Ven, ven, ven ya, ven aquí, llora, trae tus lágrimas, inúndame, claudica en mi, ríndete. Aquí estoy. Y aunque solo después de los años haya sido capaz de abrir tu puerta, por favor, entiende que el abrazo que te doy es el más sincero, es el único, es todo para mi.


Durmamos. ya. duerme. duerme en paz. déjame acariciarte, ya estoy aquí, ya he llegado. mi pecho es tu almohada, descansa. te susurraré un cuento, quizá lo has oído...es de un indio...como nosotros...que navega por el río...y encuentra una choza de piedras...ruinas...y duerme...como tu...y sueña...como nosotros...que navega por el río...y encuentra una choza de piedras...ruinas...y duerme...como tu...y sueña...

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