Carta al hombre que nos mira

Son cincuenta metros lo que nos separa. Entre usted y nosotros hay dos pendientes, como aquellas que germinan del cielo y convergen en un valle, dos cercas metálicas, un rollo afilado de púas oxidadas y una vía estrecha sin pavimentar. Usted me mira a mi, las mira a ellas, nos mira a nosotros. Noto que igual a sus compañeros usted lleva una camisa blanca y una sudadera azul. En mi ladera las mujeres van de traje de baño y los hombres no vestimos camisa sino gafas de sol. Yo lo vi a usted antes que alcanzara aquel barlovento de donde nos mira: lo vi arrancando la maleza de las hortalizas que crecen en su ladera, lo vi secándose el sudor con los guantes y lo vi compartir una Colombiana de litro y medio con sus compañeros. Yo estoy sentado en el borde de piedra, mis piernas juegan con el agua de la piscina y usted, de pie y sin ceder su torso, nos mira.


Yo quiero comprender el gesto de su rostro, pero la lámina polarizada que cubre mis ojos desdibuja los detalles; pienso en quitarme las gafas y verlo, más la vergüenza ya me cala. No podría sostener la mirada. Los bafles que hacen retumbar la finca -en este momento ya no suena reguetón sino electrónica- no me dejan escuchar. Así usted gritara, yo no conseguiría entenderlo. Viéndolo a usted mirarnos, solo me queda especular.


La ingenuidad me reconforta al decirme que nosotros somos su quimera, que al vernos con las botellas de cerveza en la mano y por gusto quemándonos bajo el sol, usted anhela. Qué tal si nos mira usted como quien contempla un sueño, una meta, y entonces está bien que nosotros comamos sin hambre, que derramemos por accidente unas gotas de aguardiente, porque así usted ganará ímpetu, y con demasía correrá la tierra, afanará los frutos, cargará los bultos, olvidará el cansancio. Y entonces está bien que yo saque pecho, que alce con orgullo mi mentón y abra mis brazos.


A nadie -me gustaría creer- podría engañar con eso, pues si yo estuviera en su colina y no en la mía, sería seguramente desprecio lo que me daría. Rabia al ver mis manos (en)calladas, mi overol mugriento y mi sábado dominado por la misma rutina cada semana; preguntándome con los dientes apretados por qué yo beso el suelo y no unas mejillas tiernas, por qué si mi montaña está en el mismo valle yo soy heredero forzado de la miseria. Si usted nos mira con rábida -créame- yo lo entiendo.


Llegado aquí la premura que motiva esta carta aparece. Porque me cuestiono si hay algo de legítimo en la opulencia que nos rodea y la que a usted le falta. Y es que no puedo yo bañarme en la piscina mientras usted nos mira, quizá anhelándonos, quizá odiándonos, pues nada tengo yo para posarme más merecedor del goce que usted o cualquier otro; y quien diga que es el mérito lo que me legitima, entonces que intente él hacer mérito comenzando desde el barro y no desde la escuela.


Yo que nunca he negado la igualdad y que fui erguido a imagen de un cristo, me siento convocado a marchar cincuenta metros, derribar las rejas y hacer las dos orillas de este valle una sola pradera. Porque nosotros no pretendemos acaparar la voluptuosidad y el placer. Hablo por los hombres con gafas de sol y las mujeres en bikini, que nosotros lo acogeríamos a usted, le daríamos torta de chocolate y lo invitaríamos a bailar ¡Venga, venga; traiga a sus compañeros vestidos como el cielo y que el banquete sea para todos!



Sin embargo usted sabe que no lo puedo convidar, no a todos los suyos. ¿Quién servirá la comida si todos somos comensales? ¿Cómo traeremos incontables toneles e incontables carnes para que cada uno coma hasta la saciedad? ¡Una cama sería para cuatro si ustedes y nosotros nos juntáramos! Las opciones que este valle nos concede yo las veo pocas: para que en medio de la escasez pueda haber personas como nosotros, entonces debe haber otras como ustedes; su existencia y la mía, hombre que nos mira, es tan íntima y prefijada como la del juez y el juzgado. Así que usted no puede ser yo sin que haya otro dispuesto (o condenado) a ser usted… a menos que yo, no, que nosotros, renunciáramos a ser lo que somos.


Hice esta carta y todavía no se si debo consolarlo o si debo disculparme; fácil me es decir que navego al norte porque el viento empuja al norte y fácil sería pedirle que no nos mire / para que podamos nosotros gozar sin culpa. Lo cierto es que cincuenta metros no nos separa, una cerca no nos divide: entre usted y yo no media nada, usted es mi sombra y yo soy la suya; somos los dos planos de la moneda. Para que el juego cambie / hay que ser otros.

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