Paraísos Artificiales: Sofía

Han pasado diez días y apenas me dispongo a escribir lo que viví. Quizá porque me había guardado con pudor el suceso para que fuera este nuevo motivo implícito en mi obra, quizá porque me había resistido a racionalizar la experiencia de una forma tan brutal y corta: escribiendo. Pero, antes que la fragilidad de mi memoria haga espuma mi recuerdo, y entonces el color del cielo ya sea otro, y el movimiento de las plantas tornase en contrario, y los punzones en mi piel fueran mil y no cien, me dispongo perpetuar en una sola forma -la de este texto- un evento que habría sido todos y, al mismo tiempo, el único.


Habíamos llegado. La casa era una de aquellas de antaño: techo y columnas pintadas de rojo, cuerpo color marfil, de un relieve imperfecto e igual de abultado que su tierra. El camino fue de piedra en piedra, cruzamos río y aunque yo iba en caballo el barro se aferraba a mis piernas. Había un silencio desconocido. Sin carros, sin martillos, sin muchedumbre, oíamos pájaros y sancudos, el río a la distancia, aullidos. Horas más tarde esa fue la voz de la montaña. Hervimos agua, destendimos cobijas y hamacas. El almuerzo fue pastas con atún, lo mismo que comimos al día siguiente. Cruzábamos palabras sin propósito, risas de ocasión. Cuando dieron las cuatro de la tarde -en medio del monte el sol ya se ponía- hicimos un círculo ahuecado, que más tarde forjaría entre nosotros una complicidad milenaria. Ella sacó cada porción de un sobre de manila, para todos hubo igualable pedazo.


Yo fui el primero en morder. Me detuvieron con afán y me solicitaron anticipar unas palabras –palabras, pienso, como si algo pudieran decir las palabras. Dije poco o casi nada, lo típico «por la amistad y por el buen viaje» Masticamos. El sabor de cada uno era nulo, su textura se me hizo carbonada y tosca. Lo más valioso, me dijo luego el, obliga a soportar lo desagradable: es parte del rito, de la recompensa. Alguien puso un reloj, los minutos comenzaron a correr.


Fue en mi pecho donde empezó el trance. Cálido se hizo en mi, pero al mismo tiempo inquieto, acelerado. No fue ajena la sensación, además porque comencé a reír, más involuntario que adrede. Estaba de pie y pronto se me hizo más arduo mantener el equilibro; alguien llamó la atención sobre el suelo, y ahí pude comprender: estaba parado sobre un mar de nubes. Fijé con asombro y distinguí con certeza un cielo pálido sobre una cordillera marciana –me dirá alguno que la baldosa era roja. Yo sonreía conmovido, porque me había hecho gigante quizá, o había mi suspiro invocado un portal sobre la atmósfera ventosa de otro planeta. Y ahí, sintiéndome por encima de las cosas, me urgió la necesidad de volver a la tierra, de inmiscuirme en lo más diminuto.


Caí, me seguía el mismo ímpetu de un cazador que atrapa su presa, de un biólogo que divisa la rana. Mis ojos se habían hecho lentes y con aumento mas aumento la indescifrable realidad de las hojas, del concreto, del moho se iba desvelando para mi. Entre las grietas del piso yo contemplaba las ravinas en que habitaban seres diminutos, complejos distópicos de alturas imposibles, de pasadizos entreversados a ninguna parte. En mi andar desaforado di con un tallo verdoso, aparentemente acolchado por una capa fina de algodón. Lo exploré con maravilla, como aquel que conoce por primera vez, fui recorriendo sus fibras, sus canales, sus causes. Mis ojos saltaban a cada vestigio de humedad que las gotas dejaban al caer. Y llegué al sueño.


Del tallo verde apareció, en una danza centrífuga, hojas ya no verdes, sino de brillo puro amarillo y punzantes como el sol; una a otra se sucedían hasta formar un círculo incólume y uniforme. Ellas eran guardianas del Centro. Y lo que hube de ver no será nunca más para mí o para otro como yo: el patrón de lo perfecto. Frutos de flor se habían abstraído a su forma más plena, que no era lo estático; variantes y en movimiento, los cuadrados se hacían decámetros, las líneas de una figura eran al mismo tiempo la de muchas otras. Siempre equidistantes, rotando al son de una melodía que marcaba mi desvelo. Y temblé. Y mis ojos lloraron. Porque la flor era inequívoca, absoluta, y yo quería fundirme con su centro, habitar en ese mismo mundo de paralelas imposibles e igualdad de espejo.


Me aparté con brusquedad, dejando salir un grito de frustración, si no huía -presentí- quedaría eternamente prendado como aquel que atisbó la verdadera uniformidad, y no pudiendo nunca volver a ella, se ha quedado vacío. Y entonces la brisa que bajaba por las montañas, esa misma que en su venir se untaba de arroyo, de rocío tierno, me sacudió con desprecio. La tarde se me hizo helada, mis pies caminaban descalzos y ya el cemento, ya la tierra se había vuelto hostil para mi. El mundo/ puro mundo / me apartaba con franqueza, me fue reduciendo: de los árboles volví a los techos, de las flores huí a las baldosas. Me sentí solo, solo como un niño que llora en su cuna, abandonado como aquella mascota frente al portal, con su cola entre las patas y sus orejas caídas.


El viento supo susurrarme su melodía, y el sonar del monte no era cálido ni afable, era un porvenir desalentador y tormentoso, era mi miedo haciéndose cada vez más pleno; era la soledad empujándome hacia un rincón oscuro. Tuve desconsuelo y mis manos se extendieron en un intento precoz por buscar resguardo. El frío me atormentaba, busqué mi camisa, busqué mis medias, busqué mi buso, te busqué a ti. Un abrazo -pensé- un abrazo que me devolviera el calor, un abrazo que me aferrara a la vida, una tierna voz que aplacara mi nostalgia: me había hecho ceniza, mis sueños eran los de un náufrago, mi único anhelo el de un desaparecido.


Me tumbé derrotado. Me sostuve de un maletín, no porque en el hubiera algo valioso, sino porque ante el abismo la esperanza se pliega a lo más nimio. Miré sin entender a los demás, idos ellos en sus propios tormentos, en sus propios idilios. Ella y el se besaban, los otros corrían y saltaban, unos miraban al cielo, señalaban las rocas, masticaban galletas, hablaban con la luna, se reían de los rostros en las pantallas. Pero mi cuita no estaba por fuera, sino adentro, y al cerrar los ojos me hallé diminuto y desahuciado. Imploré un beso. y ahí comprendí.


Se me hizo claro, indiscutible, y el sentido de la vida tuvo por fin una forma: lo mío y lo de cualquier otro no es más que un camino inacabable, una cruzada, hacia el origen; volver, de eso va la vida. Yo era primordial, originario, mi anhelo por el calor era el anhelo por el vientre, el beso es el amor, y el amor es la unidad. El motivo esencial de mi dolor es el mismo del que inspira la pena de todos los hombres: el haber partido, el haber roto, el distanciarse del origen.


Cuando la revelación caló en mi volví a sentir el calor emanando de mi pecho, mi pulso se aceleró, mis ojos se abrieron sin tregua, me puse de pie, miré al cielo una vez más: todo adquiría sentido, cada cosa que veía se me hizo perfecta, cada gota de llovizna era plena y suficiente, por fin, acepté, mi existencia y la existencia de las cosas no era accesoria ni eventual: tenía un propósito.


El origen del universo, esa inmensa detonación, era sin duda una premisa de la verdad que yo había logrado reconocer. Me sentí cómplice de todos los artistas, de todos los filósofos, de todos los físicos, de todos los científicos; ellos lo habían visto antes que yo, su obra, cada obra, todo tratado, todo lienzo, toda partitura, cada paradigma no es más que un atisbo hacia el camino de regreso. En principio, intuí, todos nosotros y todas las cosas eran una sola. En los albores de la existencia no había tiempo, ni espacio, ni distancias, tampoco hubo diferencias: todo convergía en un punto infinito y perfecto, pero algo precipitó la unidad, algo alteró el equilibro: el universo despertó con una explosión y con ella todas las cosas dejaron de ser una sola para dotarse de presencia autónoma, para verse condenadas a lo desconocido, a ser arrojadas al vacío.


En nosotros los milenios han reservado esta intuición, es la fuerza que no advertimos, pero que descansa en nuestra composición más elemental. Nadie ha olvidado lo que alguna vez fuimos y nuestro anhelo fundamental es volver a serlo: ser uno, el rencuentro.


Otra vez lloré. Lloré porque había comprendido. Y busqué a mi amigo. Lo tomé de los hombros, lo miré fijamente sonriendo y el solo tuvo que inclinar su cabeza del cielo a la tierra para darme a entender que el también había comprendido. Nos abrazamos, reímos cual lunáticos, soltamos carcajadas como si en el mundo no pudiera quedar otra cuestión por resolver, como si los fantasmas de la incertidumbre y los abismos del desconcierto se hubieran extinguido para nosotros. Así fue la epifanía, la maravillosa verdad que la Musa misma me había provocado en el pecho.



Muchas cosas podría agregar. Si en verdad fuera yo a retratar con palabras eso que durante aquella tarde viví, entonces esta hoja se extendería por los años infinitos. Pero en mi naturaleza humana está la condición de exiguo y falaz. Como hombre solo me es propio el balbuceo, los intentos, las aproximaciones. Recuerdo bien que después del trance, cuando ya volvía a eso que ustedes llaman calma, me senté sobre la esquina del camastro, observé la vela acogedora de la que brotaba la luz y sentí cariño. Me conmoví, me sentí afanado en la ternura y pensé en sus labios, los labios más suaves y gustosos que he probado en toda mi vida.

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