Pensares: a quemarse las veces necesarias

He decidido hacerme responsable, asumir la realidad, innegable, de que las transformaciones y cambios en la vida son sólo posibles con el esfuerzo y el emprendimiento personal. La iniciativa no es una cualidad accesoria, sino una necesidad virtuosa de quien quiere para sí mejores cosas.


De esto que estoy hablando se desprende dos consecuencias, a saber: el aprovechamiento motivado y pertinente de las oportunidades y ventanas para el crecimiento, el fomento y desarrollo personal y la apertura suficiente a nuevas experiencias; por otro lado, se despliega la obligación de promover iniciativas, invitaciones, gestos, propuestas y empresas de manera constante y asertiva para ahondar y acrecentar aquellas cosas, personas, situaciones y actividades de impacto y repercusión potencialmente beneficioso y positivo.


Lo anterior trae implícitamente el requerimiento del buen observar y el correcto juicio: frente a las oportunidades, de cómo y cuándo abordarlas, y de las inversiones e iniciativas, de cómo y cuándo efectuarlas. Los criterios de evaluación deben hallarse en el peso de las implicaciones sentimentales, económicas, sociales, académicas, físicas, entre otras; y también en elementos como el costo o los requisitos necesarios. Al final, es menester realizar una ponderación entre aquello que se juzga inconveniente con las ganancias potenciales de accionar o abstenerse ante la oportunidad en concreto. En cualquier caso, las principales virtudes que guíen la comparativa no pueden apartarse del auto-cuidado, del amor propio, el mandato de no empobrecimiento sino mejoría, el respeto personal y el fomento de la auto-estima.

 

Este derrotero, cómo no, se me ocurre a propósito de la consideración sobre la conveniente gestión de las relaciones interpersonales nacientes o potenciales -particularmente con mujeres- que se ha venido debatiendo últimamente entre amigos. En un cambio trascendental de paradigma, he optado por renunciar a la tesis orgullosa o altislta que sostiene ante todo mantener la idea egocéntrica e infundada de que tomar la iniciativa y ser rechazado, o efectuarla y quemarse, menoscaba la dignidad y la estima propia. Al contrario: quien intenta, da todo de sí, se lanza y se expone al amor y la amistad; él ya es un valiente, un ejemplo de mérito sobresaliente, al margen de su triunfo o yerro.


Suso (Sudón) alguna vez me regaló estas palabras: (Juan José) hay que ser valiente para amar sin tener futuro. Lánzate sin paracaídas y verás que dulce golpe.

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