Porqué soy romántico y qué dice de mí

Ya le comentaba a alguien que amo, que ante la celeridad y el afán de las comunicaciones modernas -con su mensajería instantánea-, lo mío eran las cartas. El anhelo de la espera, la intriga y el misterio subyace en un pedestal que la notificación sólo acrecienta. Así, saben mis allegados, prefiero la sorpresa y el asombro a lo previsto y advertido. También guardo el dinero en libros y me lavo las manos al usarlo, porque el precio es mezquino. Como Rousseau, venero la juventud, a los niños soy incapaz de reprender: su espíritu puro debe ser libre, me declaro sin alma para decirles no. Siempre que escucho a mis amigos balbucear Maluma, me lamento preguntándome por qué en vez no es Agustín Lara, una gaita o el gaucho que murió en La Playa.


En lo que respecta a la información, leo la prensa todos los días -al matiné- con mis pies cruzados y el papel cubriendo mi rostro, viendo hacía el jardín y comiendo uvas en un plato de porcelana. Cuando me preguntan por mis ídolos, hablo de Borges y Plutarco, mis héroes son Odiseo y Antinoo ¿Mis lugares? Las frías montañas de Oriente y la Alhambra sin turistas. El campo es para pasear en bermudas -con repelente entre las medias- y escribir poemas: de los pájaros y azucenas, o tu amor que no está a mi lado. Si digo Spleen en mis versos y la gente no me entiende, es el vulgo, su ignorancia, porque lo mío es el estilo sofisticado, el trazo fino y en últimas, como Baudelaire y Leopoldo María Panero, soy (poeta) incomprendido.


El arte moderno me sabe raro, como si hubieran olvidado muy rápido La escuela de Atenas y el Hermafrodita durmiente. ¿Un grabado de ventanas? no sé, volteo a ver a Durero; por favor, la foto siempre análoga, si se puede en cianotipia para el azul a lo vintage. Y ahora el amor, qué decir del amor cuando mi ejemplo es el joven Werther y El beso de Hayez. Irremediablemente, el cariño es único y totalizante, la cruz y la redención; de esta manera, para el enamorado sólo hay dos destinos: mártir y viuda o juntos enterrados.


Finalmente, este es un retrato, por lo que debo burlarme de mí mismo para luego desplegar la autocrítica. En la actitud romántica hay reivindicaciones loables, como la insistencia por la sensibilidad y el cultivamiento interno, no obstante también hay mucho de inmadurez e infantilidad. La arrogancia por ser único - o hacer cosas únicas-, el desprecio a lo popular, la pretensión de una vida de novela y el escepticismo con las dinámicas contemporáneas de relacionamiento, es generalmente infundado y demuestra más la inseguridad y el miedo al cambio -a sentirse apartado en lo novedoso-, que un deber nunca dado a exaltar el pasado.

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