Prólogo: entre razones y sofiantes

Actualizado: 20 feb 2020

Llegué aquí por el afán. Por esa sensación de apremio, de intranquilidad. Como todos en algún momento, me vi ante la premura de ser, expresándome. Las cosas que hacemos, ello es, aquello en que desplegamos nuestro ingenio y creatividad, las energías y anhelos, no son meros proyectos; en ellos, más bien somos, un poco, nosotros.


Andando el camino (de la vida) arribé a una colina, en medio de un entretiempo imprevisible y exiguo, donde pude contemplar el paisaje. Las montañas en su cruce con los mares, o la luna misma en su danza con las estrellas calaron en mí la pequeñez de nuestro existir. Todo parece tan inmóvil y eterno, menos nosotros. Pero pude convencerme que en el legado está la reivindicación contra el tiempo y el olvido.


Persigo la expiación. Acá un intento de evadir el fin habiéndome fallado: por callar y no mostrar lo que soy, que se refleja en las cosas que emprendo, lo que amo y me inspira. Lanzo al aire una disculpa a mi lector, porque no acudo aquí con el convencimiento de que tengo para el mundo una palabra reveladora, ni siquiera creo que gocen mis escritos de un valor destacable; en el mejor de los casos, algo de pertinencia. En cambio, es esto un grito (el mío), por hacerme valer.


 

Sofiante es un adjetivo. Evoca una realidad de constancia y continuidad, de cualquiera, en una encrucijada por el saber. Sofía, de la raíz griega σοφία, que dota de significado a la palabra filo-sofía, es denominativa del conocimiento; sofiar, sería algo como evocar, hacer, desplegar sabiduría; sofiante aquel que lo hace, como un soñador, todo el tiempo. Sofiante es un cosmonauta que surca el espacio en busca de La estrella, alguien que anhela y sueña sin tener que dormir.


¿Intuyes que podría ser algo más? Por supuesto, al fin y al cabo, qué pretende justificar una palabra inventada, sino hacer razonable, para otros, su uso.

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