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Ahora que estoy fundido

Diciembre 2019

La semana pasada cambiamos todas las luces de la finca. Eran antiguas, oxidadas, ya contaban con los años y el pasado a su vera. No puedo discutir que tu luz blanca, o fría como dice la etiqueta, es más pura. Enroscábamos e incitábamos con el dedo, apartando lo oscuro. Pero no tú, lámpara mía, que te inclinas en el borde del nochero, en el limbo del sueño y el trabajo. A ti no pude tocarte y no llegué a tu luz, eres calor. Juzgué tus trazos bizantinos y la tela manchada, te quise arrojar por el vacío nocturno; no merecías mi des-vela. Lámpara mía que te condeno por no haber sido primigenia, sino aparecida. Más eres hogar. Te encendí y fui niño; en tu amarillo los días abrazados y la casa de mi abuela. Llegaste a los rincones del tiempo olvidado, donde éramos felices señalando las letras en los diarios. Te llamas familia. Esta noche de ojos nublados y pies pesados, entro en silencio a tu regazo, te susurro al oído y te doy un beso de mejilla para despertarte, y me regalas una canción de cuna. Me quedo contemplando tu ternura, lámpara mía, y me concentro en tus historias. Secas mis lágrimas y consuelas mi llanto, has llegado, luz, y sólo quiero oír que no te irás.

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