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Ley innata

Diciembre 2019

-Primer movimiento-

No hay introducción, la experiencia demanda ser justos. La vía está despejada, no hay obstáculo. Salgo de la fiesta, ella sigue ahí, él sigue ahí. Huyo, pero a la vez, la llamo. Me ve desde el cielo, sabe dónde estoy; su mirada me hace acelerar. Esta vez voy solo; otras noches me acompaña El Negro, es más rápido, pero pone su música; prefiero ir solo. Estoy en la colina, tengo que bajar, evado la pendiente y quiero el trazo recto. Ambas manos aprientan la cabrilla, comienzan las lágrimas.

 

-Segundo movimiento-

No sé que suena, ¿un violín?, pero sé lo que viene. El odio me quitó la razón. Siempre busco la entrada desde la Ayurá, después de la cámara yace la primera ventana. Sostengo en mi mano derecha el celular a la altura de la cabrilla, miro por última vez su foto antes de perderme en la adrenalina, puede ser la última vez. En su conversación un mensaje Ten cuidado, por favor. Sólo ella sabe que estoy aquí, todos me vieron partir, nadie se preocupa, excepto ella. La hago sufrir. Arrojo el celular, bloqueo mi mente.

Bajo las ventanas, sigo preso, pero ahora el viento corre alrededor. No tengo a donde huir. Debajo de la palanca el interruptor, lo hago inclinarse hacia arriba, se enciende un testigo en el tablero; piso fuerte. Mis dientes chillan y no escucho las revoluciones, la música es mi guía.

Los parlantes tiemblan con el bajo. No titubeo, sólo diviso aros de luz; en frente de mí un ángulo recto, rojo, que sigue su tendencia a la derecha. Es por mí, pecado; necesito saber que soy tu nombre.

Paso el puente, debo permanecer en mi ruta; al parecer cierran las posibilidades de ir más rápido, estrechan el camino. Tengo cuidado con los carros que entran por la oreja, me retrasan. No quiero frenar. En la 33 comienzan los problemas, reparan la vía, los hitos naranjados me incomodan, pero ya he chocado con varios antes; nunca le dije. Sólo pienso en ella.

Los melones, es la señal, debo apresurarme. La luz cae, prendo las altas, debo llegar a tiempo, me espera el tercero, no puedo defraudar su intensidad.

 

-Tercer movimiento-

Trato de secar mis ojos con el buso. He llegado, dejo atrás Barranquilla. Son sólo tres carriles, bebo agua. El volumen está al máximo, me quito la camisa. Mientes, no soy yo, no lo he sido, no lo seré. Subo a la pendiente, quiero perderme, ya estoy lejos, más podría seguir y consolidar mi escape. Tiro el freno de emergencia, quemo el neumático, es una curva cerrada, la supero. Regreso, no porque quiera volver, sino porque viene la segunda ventana.

Estoy en Caribe, soy otro, un viajero. Grito cerrando los ojos, me desespero; soy esclavo de la intensidad. Necesito una pistola. Es el solo de guitarra, llega mi cenit. No tengo más cambios, tampoco más pedal; si fueras mi cielo, azul, quizá… Si me vieras, azul, al borde de la locura. Me drogo, me miras, pierdo mi persona. Vivo de la necesidad. El río, un árbol, ese poste, todo podría acabar: mi maldición, tu sufrimiento. Mi corazón me miente.

 

-Cuarto movimiento-

 

Pero se esfuma la batería, suelto el acelerador, soy neutro y me dejo llevar. Mis manos no están en el volante, sino en mi pecho, tratan de apaciguar la respiración. Cuando desciendo por el parque siento frío, estoy pasmado y soy roca. No me hace falta ver, oír. Y sueño ser un perro, una vaca, cualquiera que no tenga que preguntarse si Dios me perdonará, si tú me perdonarás.

La noche ha terminado, y no me hace falta codas. Regreso a casa a seguir mi destino: vivir en diferido.

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