Tribes and Castes of India. 'Sannyasi’ a

Juicio y capricho. Trono y panteón

 

Julio 2020

Noah se inclinó en la proa de su barca; contempló por última vez el mundo donde, medio milenio antes, había erguido su morada y el cual su tierra trabajó, alimentándose de trigales y fresas. Yahveh le advirtió del diluvio, aunque decenios previos al juicio divino él ya sabía el destino que le deparaba a los hombres. La humanidad había traicionado: defraudó el verbo, la alianza y el Nombre; la concupiscencia y el odio marcaron su propia extinción. Los pueblos se enfrentaron unos a otros, sin importar que el color de sus ojos y la plegaria de sus rezos fueran idénticos; alzaron torres pretendiendo llegar al cielo y los hombres se proclamaron dueños de la Tierra.

Elóh, único que milenios atrás hizo aparecer entre las tinieblas el mundo, se afligió al ver que su obra de barro empuñaba lanzas y repartía agravios. Él que avivó con su nombre al adán inerte y le enseñó los goces de la naturaleza, una vez más sintió el rechazo y ordenó para la humanidad su segunda expulsión: apátridas del edén ahora suprimidos de la Tierra. Fueron así los antecesores de Noah, patriarcas como Set y el hijo de Enoc, responsables del perecimiento de la estirpe humana; y así la lección fue heredada para los hijos del diluvio, las familias de Sem, Cam y Jafet: que cada hombre sería juzgado ante Yahveh por sus actos e intenciones, y según fuera su trazo recio o desaviado, tendría para sí la bendición o el destierro.

Pues he aquí que viene el Día, abrasador como un horno; todos los arrogantes y los que comenten impiedad serán como paja; y los consumirá el Día que viene, dice Yahveh, hasta no dejarles raíz ni rama. Pero para vosotros, los que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia con la salud en sus rayos, y saldréis brincando como becerros bien cebados fuera del establo. Y pisotearéis a los impíos, porque serán ellos ceniza bajo la planta de vuestros pies, el Día que yo preparo, dice Yahveh. (Malaquías 3:19-21)

Elohim alberga en su nombre el género, como el escudo de David: la unión de lo masculino (Vav) y femenino (Hei), del mismo modo, es en Él la bondad y el castigo. Fue por este motivo, nuevamente, sólo posible en la gracia infinita de Yahveh, que cuando hubo de caer la lluvia, Noah y otro pocos fueron elegidos en redención de la humanidad. Escúchame, Jacob, Israel a quien llamé: Soy yo, yo soy el primero y también soy el último. Sí, es mi mano la que fundamentó la tierra y mi diestra la extendió los cielos. Yo los llamo y todos se presentan. (Isaías 48:12-13)

Se conserva en las tablillas de arcilla una historia apócrifa. Versos mesopotámicos que se prometen antecesores de la Torah.

Descargando sobre sus hombros la madera, tablones que albergaron herramientas de labriego y las canciones de su pueblo, Utnapishtim derrumba su aposento para ensamblar la barca que será navío en la tormenta. Los suyos, que fueron primero tan solo catorce, la mitad hembras y la otra mitad machos, fueron artificiados por los dioses, al fin de ser siervos de las labores de la tierra. Empero, siguiendo el instinto de placer y cópula que innatamente contienen, los hombres se reprodujeron, hasta que no sólo los campos guardaban sus tiendas, sino las montañas, las praderas, las playas y los ríos; y entonces el bullicio de la humanidad se esparció por toda la tierra.

Los dioses que habían hecho a los hombres para descansar, al no tener que tumbarse en la arena y astillar sus manos, vieron interrumpido su regocijo por el ruido de éstos. Desvelados e irritados tuvieron el capricho de aplacar a la humanidad con una torrencial lluvia. Los hombres y sus comarcas sucumbieron para que los dioses pudieran dormir.

No obstante, hubo una entre las deidades, Enki, que sintió compasión de los mortales, de sus niños y sus bueyes, por lo que salvó a la humanidad dando para Utnapishtim la advertencia última de hacer la embarcación, la fortaleza de cedro sobre agua que cuidaría de los especímenes para evitar la extinción del hombre. Pero ésta fue una temeridad divina, un desafío que Enki hizo a Enlil, señor de los cielos y de la tierra, y cuya cólera al saber saboteado su diluvio atravesó los aires. Lo anterior sólo es posible, es decir, el desacuerdo entre deidades, al igual que la persuasión de Enlil hecha por Enki para compadecerse de la humanidad, porque los sumerios, los babilónicos y los acadios rezaban no a Él, único, sino a cuantas estrellas brillaran en la noche.