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Del blanco al rojo

Septiembre 2019

El “profe” Ramón, como le decían sus alumnos, descargó el borrador tras limpiar del tablero las gráficas de fluctuaciones monetarias. Con esta clase culminaba sus lecciones del sábado. Su vuelta como profesor de posgrado lo tenían de gira por todo el país: un fin de semana en la Universidad del Valle, otro en la del Atlántico y hoy en la Autónoma, de Bucaramanga. Su rutina de clase, como de costumbre, había sido infalible: todos concentrados y pocas preguntas. La Universidad le pagaba en un sobre de manila que amarraba con un caucho; todo en efectivo, incluido los costos del tiquete y los viáticos, a mal ojo volvía a Medellín con poco menos de dos millones de pesos en su maletín.

Cuando bajó del taxi en el aeropuerto y preguntó en el mostrador de Avianca se llevó una agria sorpresa, el próximo vuelo a su ciudad estaba programado para el lunes. Suspiró y arrastrando su equipaje de mano plantó cara en frente del teléfono público de la sala de espera. Llamó a casa. Su esposa contestó al otro lado de la línea, hablaba en voz baja para no despertar al bebé que meneaba en sus brazos.

- Ya no hay vuelos a Medellín.

- ¿Y Mañana?

- Tampoco. Toca esperar hasta el lunes.

- Ni modo Amor, hay que tener paciencia.

- ¿Cómo está el Niño?

- Muy bien, te lo pasaría, pero ya se durmió.

- No importa. Dejalo. Te quiero mi Vida, estamos hablando.

No tardó en colgar y caminar a la salida. Otro taxi y rumbo a la Terminal de Buses. Pudo abordar uno pocos minutos antes de que saliera, era un “Lecherito” por lo que su viaje duraría hasta tarde en la noche.

 Comió el sánduche que compró en la cafetería de la facultad, corrió la cortina de la ventana, sacudió las migajas de su camisa blanca y se dispuso a descansar. A su lado estaba un joven de saco marrón y zapatos grises y cuya mirada se percibía inquieta, registrando los pasajeros que subían en cada parada. Pudo notar que detrás, entre su espalda y el asiento guardaba una bolsa negra. Ramón no prestó mucha atención y en cambio no interrumpió su sueño, cedió al peso de sus hombros. Más tarde despertó viendo por la ventana el cartel de una fonda “La Dorada de Puerto Berrío”, mientras el bus recogía a otros dos pasajeros. Cerró sus ojos y siguió entredurmiendo.

Lo próximo que lo despertó fue un grito que lo hizo tensar. Se incorporó rápidamente y levantó la cabeza para averiguar el móvil del escándalo.

- ¡Qué se queden sentados hijueputas, ¡qué no entendió!

A Ramón le bastó esas instrucciones y la imagen del conductor encañonado para agacharse instintivamente en el resguardo de la silla.

- ¡Plata, relojes y joyas! ¡Todo me lo echan en la mochila y el que se ponga de bravo lo encandilo!

Los rostros de las demás personas a bordo contenían lágrimas y chillidos, todos reblujaban sus pertenencias para tener a la mano los bienes próximos al despojo, no fuera ser que la falta de diligencia les costara la vida. El atracador intervino de manera personal a cada pasajero. Por la abertura entre las sillas Ramón iba contemplando impávido, empujando contra la pared su maletín con el sobre de manila. Al encontrarse finalmente con el último par de butacas, el sujeto expuso el filo de su cuchillo contra sus frentes, tanto el joven de zapatos grises como el Profe se retorcían y sudaban.

- ¡Qué tenés viejo hijueputa!

- Tomá, hay buena plata.

Ramón le entregró un fajo de billetes arrugados de dos y cinco mil pesos que llevaba doblado consigo en su bolsillo. La verdad es que la suma no habría pasado de los treinta mil.

- ¡Y vos, mudo, qué llevas!

El joven de zapatos grises no respondía de ninguna forma, su mirada estaba fija en el suelo. El ladrón comenzó a estrujarlo tocando sus bolsillos y estirando su camisa.

- Qué hay en esa bolsa. Me la llevo

Con esas palabras la expresión del joven se transformó, abrió sus ojos, apretó su mandíbula y arrebató con fuerza la bolsa que el sujeto ya tenía en sus manos.

- ¡Ahora si te moriste!

Puñalada. Ramón quedó perplejo al ver cómo había desaparecido la hoja entera en el abdomen del joven de zapatos grises. Pero volcado hacia ella, aferrada por sus brazos resguardaba todavía la bolsa negra de basura.

- ¡Soltala pues pirobo!

Blandió una vez más el filo, descargando en su espalda dos veces más el cuchillo. Puño en la cabeza, patada. Otra puñalada.

- ¡Mosquera pegale un tiro que nos tenemos que bajar ya! Dijo su cómplice que había permanecido en vigía del conductor con su revolver.

La luz de las farolas en la carretera hacía brillar la navaja intermitentemente, en los instantes en que el metal salía del cuerpo del joven de zapatos grises y se preparaba para volver a embestir. El bus había continuado andando tres pueblos mas, sin detenerse. Todos en él presenciaba los incontables minutos de la paliza, confundidos por el ajetreo y el charco de sangre que ya alcanzaba al primer asiento. Eventualmente el ímpetu de los golpes de Mosquera desapareció al igual que la respiración agitada del joven de zapatos grises. Las fuerzas, el sudor y la sangre se había agotado en ambos. Guardando el cuchillo en su mochila descendió del bus con su compañero en lo que ya sería Barbosa, con un cuantioso botín que, sin embargo, no incluía la bolsa negra.

Al llegar a Medellín el conductor y algunos pasajeros condujeron al joven de zapatos grises al hospital. Los demás se dispersaron siguiendo sus rumbos. Ramón permaneció en la acera de la autopista intentando abordar un taxi; todos aquellos que pasaban huían aceleradamente una vez se orillaban para dejarlo subir. En la madrugada llegó a casa. Timbró y cuando su esposa abrió la puerta y encendió la luz fue aturdido por su grito.

- ¡¿Qué te pasó?!

Extrañado se miró el cuerpo. Su camisa estaba completamente teñida de rojo.

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