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¿Dónde seguir buscando?

Febrero 2020

Su pupitre de cincuenta centímetros sólo alberga dos fotos viejas, una libreta de apuntes y la taza blanca que la universidad regaló la navidad pasada. Sus zapatos destilaban un sucio olor a Sacol y debía mantener los brazos abajo para no dejar ver los rotos en las mangas. Ayer no pasó la noche en casa, pero nadie lo había notado; ninguno llamó, claramente, porque nadie lo esperaba. Al aferrarse a la baranda metálica quedaba al descubierto la manilla de chaquiras con los colores de Colombia, la había comprado junto a Mariana tres años antes en Cartagena. Sudaba y el hombro izquierdo le temblaba, sentía miedo a las alturas y hoy estaba frente al abismo. Sabía que no dejaba mucho, aunque no solía gastar sino la mitad de su sueldo; juntó el dinero que ahorraba y expidió un cheque que entregó a Clemencia, la mamá del niño pecoso que lo saludaba todos los días al regresar del trabajo y que una vez le obsequió el dibujo de una ballena; “para que el niño viaje y conozca el mar”. Recordaba las palabras de Pablo quien prometió invitarlo a un grupo de teatro que dirigía su hermana, la verdad es que no tenía mucho entusiasmo. Durante su segundo partido de futbol fue expulsado del equipo y no había conseguido vender ninguna de las pinturas en acuarela que hacía los sábados. Francamente le hubiera gustado hablarlo con alguien, tenía en mente a Sofía que siempre le preguntaba por su papá cuando había estado enfermo en el hospital. Inclinó su pecho al viento, sintió lástima por última vez y cerró los ojos. Ya era brisa.

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