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Malparado

Julio 2019

Aspiró con ganas. La técnica ya la sabía: primero un repaso suave con la punta de la nariz por la superficie del ladrillo, el roce era su manera de degustar el polvo; después, se aparta y sopla con todas las fuerzas dejando que el aire limpie las cavidades nasales; con todo despejado viene el chupe, nunca más de un segundo para una línea. Se sacude y queda listo para empezar a trabajar.

Desde hace unos meses que estaba metido en el negocio de los atracos había empezado a utilizar esa expresión: voy pa’ trabajar. Pero lo cierto es que desde su despido de la fábrica de muebles y tapizados no había desempeñado ningún oficio que fuera digno de relatar. Hoy su labor era muy simple: meter y robar. Con los días iba identificando las esquinas más adecuadas para la huida, y con la práctica sacó la cara de maleante y potencial asesino que hacía quedar perplejos a los desafortunados. Lo de gritar y hacer muecas de terror nunca fue de su agrado, él era un tipo amigable; en el sindicato siempre organizaba la natillera de diciembre para ir de puente a algún pueblo, todos, con sus familias.

Dadas las once supo que llegaba el momento de empezar su faena, un recorrido para echar ojo a las posibles víctimas y otra ronda para descartar la presencia inoportuna de policías o porteros. Trataba de variar de sitio, no dejarse rastrear robando en los mismos parques, por eso ese lunes decidió ir al Poblado a uno poco frecuentado, La Bailarina. Realmente optó por ese lugar cuando lo escuchó mencionar en una conversación por los bajos de la Minorista, a la orilla del río donde solía ir a dormir. A su hija María le gustaba bailar, en el barrio había montado un grupo de Hip-hop y hasta había pasado a danza a la Universidad de Antioquia.  

Fue por ese recuerdo que tuvo que acabar una media de alcohol adulterado para atreverse a mirar tranquilo el escenario de su próxima labor.

Cuando se acercaba por fin, escuchó risas y música, al parecer un parche de pelados se había quedado hasta media noche tomando y departiendo. Contó ocho o nueve. No se sentía confiado. En el gremio es ley no abordar grupos tan abundantes, menos con un cuchillo de cocina oxidado que era su instrumento de coerción para esa noche. Su mujer solía partir con ese filo el cilantro de los frijoles.

Sin embargo, esa gente tenía algo. Los miraba de reojo entre las matas, cada uno le destacaba; inexplicable, desconocidos totalmente, pero a la vez tan familiares. Entre el alcohol y el perico una voz le llamaba: esos son, ahí está la plata del día. Los jóvenes estaban tranquilos, descuidados, unos bailaban y otros acostados en el pasto hablaban mirando al cielo; algo chueco, pero se podía distinguir la forma de un círculo que los reunía.

Sin más irrumpió entre los arboles, acelerando el paso a medida que se aproximaba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para que los jóvenes percataran con preocupación su arremetida, comenzó a hablar, sacó el cuchillo de la manga y lo apuntó contra quien de ellos se levantaba como disponiendo la huida. Bastó un par de arengas e insultos para que todos callaran, inmóviles lo miraban fijamente.

Acto seguido se situó en medio de la escueta circunferencia en que se conglomeraban. Declaró sobre cómo debían de acontecer los próximos minutos: en silencio y sin movimientos bruscos, solo sacan lo que les diga.

A su costado estaba una mujer delgada, no más de 22 años, pensó. Con ella habría de comenzar el despojo. El overol vinotinto que vestía era bastante similar al delantal que usaban los ebanistas en su antiguo trabajo. Las manchas de aceite y grasa sobresalían en la parte del abdomen de esta mujer. Por un instante sintió algo de respeto: después de trabajar una jornada extenuante tenía la disposición para compartir con sus amigos. Pensó en el tiempo en que solía estar realmente ocupado, hilares y estampados en vez de atracos y robar espejos de carro; el sindicato, y no la palurda de habitantes de calle que era su única compañía por estos días. Cruzar la ciudad en el Conatra para llegar a su taller lo motivaba. Sin embargo, recordó, su sueldo no era tan bueno de todos modos. Con un leve forcejeo le quitó de las manos a la mujer el bolso, reblujó por la cartera y así mismo por la plata.

Antes de que cayera en el pasto el bolso verde que acababa de arrojar, tenía la mirada fija en el tipo de chaqueta negra y zapatos café. Su sonrisa y la hebilla que le sujetaba el pantalón relucían aún con el tenue reflejo de las farolas del parque. A éste lo deben querer todos, se dijo, impecable; nadie lo pondría en duda. Seguramente de esta historia hará una anécdota con la que hará reír a quien la escuche. Envidió lo bien que debían de hablar las personas de este tipo, su prestigio. Cuando lo nombraron suplente de la oficina seccional del sindicato, hace años inmemorables, se había comprado un saco parecido al sujeto que tenía en frente: elegante. Así, blandiendo el cuchillo le hizo quitar la ropa.

Si su víctima reciente había sido un reflejo del buen nombre, entonces quien le sucedía lo era así con la tranquilidad. Un mono de brazos delgados, alto. Los pies los acomodaba de una forma extraña, uno encima de otro, en vez de cruzarlos como hacían los demás. En la mano todavía sostenía la cerveza que había saboreado aún en los anteriores instantes. De su cara no se denotaba ninguna expresión. Por este joven no pudo sino sentir algo de rabia: no entendía cómo podía estar tan tranquilo; en su vida, imaginó, no debe acontecer premura alguna. A él no le podía arrebatar nada realmente, pues libre, se notaba que este muchacho no dependía de nada. Resignado recogió el celular que estaba sobre su muslo.

A continuación, se topó con una pareja de niñas que se aferraban una de otra. La más pequeña de ambas lloraba, su amiga, de una belleza que le dejó atónito, la consolaba. Una vulnerable y sensible, mientras que la otra esbelta y vigorosa. El entrelazar de sus piernas le impidió distinguir cuál llevaba la falda. Los colores resaltaban en cada una de ellas como un espectáculo, genuino. La verdad es que sintió algo de vergüenza, aunque el sonrojo lo ocultaba la barba desaliñada y la mugre que alcanzaba hasta sus pestañas. Si no fuera por la chaqueta que acababa de obtener, su cuerpo estaría entrecubierto sólo con los harapos sucios que arrastraba a todas partes. Pero no reparó. Debajo de sus mantas y las alimañas que le colgaban no quedaba nada, unos huesos adornados por incontables cicatrices y un corazón que no recordaba cómo sentir.

Hacerles daño le resultó imposible, solo peticionó el escapulario que colgaba de uno de los cuellos y un mechón del cabello liso de otro, el cual él mimos ayudó a cortar son su derroído puñal. Sintió una vez más conmoción tras muchos años.

Los tres siguientes, pudo advertir, era quienes bailaban y revoloteaban momentos previos al atraco. Un chicho de mediana estatura y pelo negro, una mujer tatuada y un joven de gafas. El primero se le hizo extrañamente parecido a su propio recuerdo de la infancia, ambos tenían los párpados caídos y la nariz ancha. No pudo evitar pensar en lo viejo que estaba. Más de cincuenta años reposaban sobre él y, sin embargo, ¿qué había dejado? Su legado era exiguo: una hija asesinada y una mujer en el exilio. Ni siquiera de su identidad podía decir tener soberanía; por lo menos no como la joven crespa con un árbol tatuado que brotaba de su escote. Tampoco sintió consuelo alguno contemplando su reflejo en los lentes del joven, ellos reposaban sobre un rostro erudito y estudioso. Sus lecciones, en cambio, eran los delirios y premoniciones del trago y la droga. No pudo cortarse en indagar ¿cuándo había dejado de ser él mismo?

No hizo más que llevarse la bolsa de tela donde cargaba sus libros el hombre de gafas, ahuyentar al chico y memorizar los trazos que las ramas dibujaban en el tatuaje de aquella joven.  Del grupo no quedaba sino una mujer.

Cuando la vio quedó pasmado. Lucía un cabello castaño oscuro que recorría toda su espalda y que hacía una danza simbiótica con la luz de la luna. Llevaba un labial rojo bastante intenso que destacaba en su tez pálida. No podía apartar la mirada de aquellos ojos de un color chocolate oscuro, ya negros por la noche, que le increpaban con decepción y desilusión. Esa mujer no le significó algo en especial, si, lo era todo. Dio un paso hacia atrás y se dio cuenta: delante contemplaba su última batalla por perder, la vida.

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