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Cielorojo

Mayo 2017

Llegamos al pueblo. Entremos por la carretera de abajo, la que lo deja a uno en un costado del parque. Y ahí estaba todo, normal. Las mismas casas, los arreglos de navidad, la gente caminando, los niños jugando. Sinceramente fue un alivio tremendo ver esa escena de tranquilidad. Wilson se bajó y me invitó a tomar fresco en el comando. Un par de policías muy jóvenes nos saludaron al entrar. La misa justo se había acabado, y de la iglesia salía todo el mundo. En estas fechas los pueblos se mantienen rezando o parrandeando.

 

Después de un rato volví a la casa. En el camino no pude parar de reírme “¡Qué hijueputa descaro!” pensaba, “La gente regando semejantes chismes un día de los inocentes”. El resto de tarde me la pasé hablando con mi mujer. Era lunes y me fui a acostar a eso de las ocho. Mi sueño siempre ha sido intermitente, como me mantengo durmiendo en el Jeep mientras espero a los clientes, por la noche no me da sueño. Tras al menos una hora de dar vueltas en la cama, justo cuando me estaba quedando dormido y mis párpados se cerraban, un estruendo, que en el pueblo reconocíamos muy bien, me recorrió de los pies a la cabeza, me tensioné y de manera instintiva tapé con la cobija a mi mujer. Ella se paró con el mismo susto mío, nos tiramos al suelo. Ni diez segundos había pasado y la pobre ya estaba llorando “¡Jaime, Jaime ¿qué es eso?!”, pero el horror que estaba experimentando no me dejaba decirle nada, lo único que podía hacer era abrazarla con fuerza.

Las explosiones seguían, los disparos de los fusiles no paraban. Veinte minutos inmóviles debajo de la cama nos tomó para darnos cuenta de que ese matadero no era donde nosotros estábamos; y menos mal, por que el ranchito mío no aguanta ni con el agua, ahora menos para protegernos de los cilindros-bomba…. Muerto del miedo me asomé a fuera, y lo que vi me dejó congelado. Un cielo rojo y una llama que se alzaba hasta las nubes, sabía de donde venía, no me podía equivocar, lo único con lo que uno se topa en esa dirección es con Nutibara.

 

Sólo entré en razón cuando Patricia me jaló para cerrar la puerta. Esa mujer siempre fue muy inteligente, ya había tapado todas las ventanas de la casa. La miré y al límite del llanto le dije: “Lo van a matar, Patricia, el pobre Wilson está peleando en ese infierno”, y no sólo él, los pelaos del comando, los niños que jugaban en el parque. Cuando han avisado, las personas no tardan ni quince minutos en salir con sus hijos en los hombros y un par de sábanas. Pero a esta hora era imposible que hubieran podido huir, todos estaban atrapados. Los cilindros-bomba, porque ese sonido que hacen antes de reventar los vuelve inconfundibles, no dejaban de estallar. Lo natural del campo es el silencio, la tranquilidad. Luz de lámparas no ahí sino en el pueblo, y ruido de carros ninguno. En el campo uno se da cuenta de todo escándalo que sucede, la llanura no oculta nada. Cuando un arma dispara, el ruido que produce se dispersa por todos lados hasta chocar con la montaña. Uno lo siente ahí, al lado de uno. Nutibara queda a diez minutos de donde yo vivo, y aun así cada vez que algo explotaba Patricia y yo nos cubríamos la cabeza, como si un pedazo de esquirla fuera a derrumbar la casita. Esa noche no dormimos, tumbados en el suelo esperamos horas y horas hasta que amaneciera. Antes de que saliera el sol pudimos escuchar dos helicópteros que volaban encima nuestro.

 

Así llego la calma: con la mañana o las hélices, quién sabe. Sin pensarlo mucho me monte en el Jeep de camino a Nutibara, Patricia iba conmigo, alcanzó a hacer comida antes de irnos y mientras yo manejaba ella me daba pedazos de pan. En el camino nos encontramos con otros vecinos quienes, preocupados, también caminaban rumbo al pueblo, los subimos al carro y compartimos el pan. Muchos tenían familia o negocios allá, y la angustia se les notaba.

 

Cuando acabó el destapado y empezó la vía pavimentaba también empezó el horror. Todo estaba cubierto de negro, era polvo y cenizas. Ya no había casas, los adornos de navidad se terminaban de quemar en el fuego que unos pocos baldes de agua intentaban apagar, los niños caminaban confundidos sobre los escombros. Todos nos bajamos del carro, unos lloraban, otros corrieron a donde los militares a preguntar por sus conocidos. En el parque el único edifico que quedó en pie fue la iglesia, que improvisadamente servía de albergue para los heridos que se encontraba dentro. Miré el comando, pero me costó reconocerlo, de él sólo quedaba el escudo de la policía nacional que sobresalía en el derrumbe. De repente oigo un grito, “¡¿Quién es el dueño de este carro?!”, pregunta un soldado; rápidamente me acerqué, al llegar me di cuenta de que había subido a un herido en la parte de atrás. El soldado me entregó dos mil pesos y me dijo que lo llevara hasta Frontino, y que si podía, le pidiera a otros con carro que vinieran a llevar más gente.

 

El resto del día fue así. Nadie almorzó, ningún negocio abrió. Todos hacían lo que podían; unos llevaban ollas con comida, otros ropa y cobijas. Al final de la tarde, cuando todos los malheridos fueron evacuados, me quedé en la entrada del pueblo limpiando el carro. Recuerdo que había tanta sangre que me manché toda la ropa. Un soldado se me acercó y con un trapo me ayudó a limpiar. Mientras estregábamos la sangre le pregunte: “Oíste, cabo, ¿sabes algo del oficial Wilson” él me respondió, “Sigue desaparecido, pero muy probablemente se lo hayan llevado”.

 

La guerra es despiadada. En ella todos buscan algo, y están dispuestos a conseguirlo a consta de cualquier cosa. En el fondo, por eso me gusta mi trabajo, todos tenemos afanes de llegar a algún lado; con mi Jeep ayudo a conectar familias, a hacer negocios, a llevar regalos, a unir lo que la guerra ha separado.

El relato se sitúa en el departamento de Antioquia, en la municipalidad de Frontino. A 30 minutos de la cabecera municipal se encuentra la localidad de Nutibara, un pueblo pequeño de pocos habitantes, que el 28 de diciembre de 1998 fue tomado por la guerrilla de las FARC en un acto por afianzar su control de la zona frente a los bloques paramilitares. En el asalto murió un patrullero, resultaron 3 heridos y nueve secuestrados; sobre las bajas civiles no hay un consenso exacto. El pueblo fue incendiado con pipetas bombas y botellas de gasolina.

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