Carta abierta a mi(s) futura(s) ex-mujer II

Me había lamentado, esta es la segunda carta. La primera fue un borrador, y gracias doy de no haberla publicado. En ella pedía perdón, hoy no lo haré. Estuve mucho tiempo equivocado y mi vida es una muestra de la farsa. Me pensé roto y no sabía ser, descompuesto estoy, me repetía y la pena yacía por quien era (yo). Solo podía apuntarme y los reproches me llovían, era juez y no indulgente, e insistía en atacarme y maldecirme. Un leproso, así me denigraba y creía que hacía mal en preferirme. Los motivos de la renuncia los hallaba sólo en la engañosa idea de que mi felicidad es derivada y causar malestar no me estaba permitido. Me comprendía idílico y solo me admitía perfecto a tus designios.


Empero, hoy no siento ese fan de complacencia. He recibido el último azote y no pienso sujetarme más -a mí mismo- en la mazmorra. Me hago consiente de lo des-honesto que he sido y lo ausente que me he portado conmigo mismo. Pero hoy comienzo a escucharme. Ser mártir ya no me convoca, no me siento predilecto a sucumbir por tu deseo y me atrevo a defraudarte. Quiero izar mi bandera de libertad y compromiso autónomo, quiero ser(me) fiel y ponderar mi felicidad y sosiego.


No cabe arremeter, no cargo con demandas y menos con rencores. Tus manos no sujetan puñales y no repruebo tus acciones, en últimas hiciste lo mismo a lo que yo hoy, excepcionalmente, me determino: te preferiste. No creo que sea egoísmo, o bueno, quizá si; pero entonces cabe replantearnos el concepto, porque ser egoísta no es malo cuando lo que se persigue es la felicidad propia. Estoy convencido que tú -y nadie- debe renunciar a su pasión y su deseo, por eso no te obligo… y así no me obligo a mí, no otra vez.


No hay cruzada más legítima que aquella desplegada por el ansioso de sentido y el des-velado de beatitud, yo no anhelo otra cosa: noches despejadas. Quiero sentirme pleno en mi independencia y no cortarme con el lastre de un amor que me interpela en la inseguridad y el aburrimiento. No me siento culpable. Este día rectifico mi camino y me siento empoderado de incentivar el cambio hacia mi sentido de estima propio y esa quimera del agónico: la serenidad.


Soy humilde y doy las gracias, porque mucho debo y en abundancia me has colmado. No empaño los días soleados y las tardes de alegría, en ellas mi historia y tu recuerdo. Sin embargo, hoy decido ser soberano y hago valer mi dignidad; me despido, cada vez con menos lágrimas, para buscar la felicidad.

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