Tu vestido no era blanco

Actualizado: 2 abr 2020

Tu vestido no era blanco, sino de flores. Porque el blanco no te sienta ¿verdad? Porque naciste con la luna, del caldero místico de las brujas. Si hace calor lo remangas, y te muestras, eres impura, errante; y lo sabes. Por eso miras tu reflejo en el agua, porque siempre será imperfecto. El aroma de las flores lo anhelas, porque embriaga a las abejas.


Tu cabello no era blanco, porque no llevas velo. Es más bien de fuego o hielo, o de lucha. Es un símbolo, tu presencia. No lo portas, y lo sabes, te acompaña; es un vestigio de tu divinidad, un recuerdo de los vientos que forjaron las montañas y que son brisa danzando con tu pelo.


Tus ojos no son blancos, porque tienes alma. No fue de Helena ni Afrodita, una herencia, sino la cruzada. Miraste el cielo desde el infierno, perdida en lo más profundo, viste el sol y no tuviste miedo; anhelaste su libertad y sentido hasta que la luz se perpetuó en tu mirada, y ahora me guías. En mi bolsillo y las postales, inmaculados en mi memoria, venero tus ojos en cian o gris, porque son el albor de mis días.


No sé qué decir, porque no soy primigenio. Porque tras de mí hay muchos, o pocos, pero al milagro no soy su santo; un testigo. Mis palabras son caminos para huir, mi manía la confesión errática… que se repite. Siempre he sabido qué decir, porque eres lo único. Soy un devoto de la efeméride, que eres tú: mi hito de montañas cálidas en este valle de misas y haciendas.


No dudé que tu vestido era mi manta, que te lo quitaría para cubrir mis pies; abrazados por la noche. De tu risa sacaba mis motivos, y descifraba tu sonrisa para intuir los fines. Te veía y no captaba de ti la pequeñez del sujeto, sino la grandeza de la humanidad. Te debo los años y los poemas, la esperanza y la entrega; por ti soy sensible y lloro, por ti me asombra el atardecer en los parques y por ti sé contar los segundos del placer y los afanes de la lucha.


Soñaba con volver a tu pecho y respirarte como éter. Creía que era tiempo, y que en los días había una marca destinada de tu encuentro. Pero no era mi anhelo, sino mi miedo. Fuiste el amor representado, y te hice la obsesión perpetuada. Las maneras del cariño eran las caricias de tus manos, y tus mordiscos rayos de ganas.


Hoy me he admitido que quizá no era para tanto, y suelto la caña de pescar que había sujetado por milenios; me alejo de tu estanque y miro al cielo: mis noches aún tienen luna.


Hoy dejo de pensar en ti y comienzo a respirar.

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